Miriam

Miriam1Miriam:
Vuelvo a casa empezando a conocer otra realidad diferente a la mía.

 

Llegar a Abancay nos costó 2 días de aviones y unas 5 horas de carretera entre una geografía grandiosa y explosiva a la vista pero no exenta de curvas, íbamos en un minibús, todos allí metidos sin saber muy bien cual iba a ser nuestra función.

La bienvenida fue estupenda, cenamos en el Chifast de la calle principal de Abancay, llena de tiendas y olores con gente y una calle donde circulaban coches con sus inseparables pitos. Allí conocimos a José que fue nuestro organizador, compañero y amigo y al padre Doroteo quienes nos explicaron costumbres e historia de la ciudad y un poco nuestra función allí.
Volvimos “a casa” a dormir porque al día siguiente empezábamos nuestra función y digo a casa porque en ella llegamos a sentirnos como en casa y la señora Aquilina y las monjitas fueron como nuestras madres.
En el mes que estuvimos allí realizamos diferentes tareas en el centro de salud, en las campañas rurales, en el penal, el asilo y el orfanato. Hay mucho que decir q cada una pero intentare ser breve:
Las campañas rurales a Cachora, Circa, Marjuni… fueron una ayuda grandísima para mi, ver a la población rural de la que nadie se acuerda, la los pobres de los pobres, a los que no exigen nada porque son humildad y sencillez, y conocer la palabras “caritas” caridad hacia los demás, no sé porque pero me impresionó muchísimo veros cortarles el pelo y las uñas.
Veías sus caras y estaban contentos porque alguien se había acordado de ellos, alguien quería comenzar o seguir un proyecto con ellos, y ese alguien era Caritas.
En el penal me quedé sorprendida, los presos estigmatizados por su condición, nos trataron fenomenal y no todos los días uno tiene la oportunidad de ir a la cárcel conocer a los presos y sus preocupaciones, las condiciones en las que se vive y visitarlos, fue un regalo.
Cuando fuimos al orfanato recibimos un montón de cariño por parte de los niños que se abren sin medida y te regalan una sonrisa y te transmiten esa alegría de vivir, también sufres al ver su historia sin familia o con una familia totalmente desestructurada, pero ves que tienen a alguien, esas monjas que se ocupan de ellos y se desgastan en la medida de sus fuerzas educándolos.

En el asilo nos encontramos con la realidad de la vida llevada a término; la vejez y la muerte. Me impacto ver a las monjitas y señoras que trabajan allí dando dignidad a cada uno de los abuelitos y bañándolos, alimentándolos en lo precario porque no había grandes instalaciones ni habitaciones individuales sino una gran sala donde estaban todos y ni siquiera tenían comedor sino que cada uno comía de su plato.

En muchas de estas ocasiones veíamos a la gente desechada de la sociedad, los despreciados y olvidados donde en ellos no hay belleza alguna, donde veías la realidad más dura del Perú, a Dios mismo En el centro de salud es verdad que no pudimos aportar mucho, porque ya tenían un gran equipo pero a mí me sirvió para darme cuenta de una cosa muy importante, que allí no éramos imprescindibles, que todo ese engranaje seguía sin nosotros y que es verdad que yo iba a ayudar, pero que esa ayuda era un granito de arena y que en realidad esto era más una ayuda para mí, para valorar muchas cosas que doy cada día en mi vida por sentado como la salud, la familia, la comida, poder estudiar y muchas otras mas y que muchas veces no las valoro. Además de todo esto hemos podido conocer Perú un País lleno de contrastes con una naturaleza que te enamora y unas costumbres y formas de vivir algo diferentes a las nuestras.

Este mes en Perú ha supuesto en mi vida un cambio todavía no sé muy bien que dimensiones toma, tengo que dar gracias a Dios, a mis padres que me costearon el viaje y a Caritas por brindarme la oportunidad de participar en ese gran proyecto que están desarrollando en Apurimac.

Porque vuelvo a casa empezando a conocer otra realidad diferente a la mía, siento que solo he aportado un granito de arena, pero vuelvo llena y agradecida de haber podido vivir esta experiencia, porque he recibido el ciento por uno de cariño (por parte de caritas y las monjitas que nos atendieron), de agradecimiento (en cada uno de las personas a las que tratábamos y con las que estábamos) y de generosidad (cuantas veces nos invitaron a comer¡¡¡).

Sólo puedo decir Gracias a todo el equipo de Caritas, en especial a José y a Esperanza , a todos los Padres y monjitas que nos atendieron y estuvieron con nosotros, porque esto es imposible de pagar.

Desearles mucho ánimo porque la labor que desempeñan es enorme, y ojalá la vida nos permita volvernos a juntar. Os mando muchos saludos.

Miriam Coret

 

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